SEMBRADORES, LOS HIJOS COMO TIERRA FÉRTIL.

 

Para vivir mejor. 

Gabriel Espinoza Muñoz

 

El silencio que se instala en el hogar al inicio de las vacaciones crea un ambiente raro. Como lo comentábamos en la entrega anterior, para muchos padres de familia, representa un respiro después deltrajín cotidiano que se genera en el tiempo de clases;sin embargo, también se puede convertir en un reto para la convivencia en casa; sirva esta entrega como un complemento a la entrega anterior.

 

Desde la pedagogía familiar, las vacaciones no son un tiempo muerto, pueden ser, como lo comentamos al publicar la columna anterior en redes, un tiempo propicio para sembrar. Es una excelente oportunidad para ayudar a nuestros hijos a ser tierra fértil en su formación valoral, para sembrar en ellos la semilla que definirá su rumbo en la vida.

 

Retomo la primera entrega de esta nueva temporada de columnas que comenzaba con el tema de liderazgo familiar donde refería a Malcolm Gladwell y su libro “Outliers. The Story of Success”, publicado por la editorial Taurus en 2008, y que hablaba de la importancia de acompañar a nuestros hijos en su proceso de realización y la importancia de crear condiciones propicias para que den frutos, como lo hacen los buenos árboles.

 

Como padres, nos preocupa constantemente el futuro de nuestros hijos. Invertimos recursos, desvelos y energía en asegurarles una buena escuela, actividades extracurriculares, salud y bienestar material. Pero en medio de esa legítima búsqueda, cabe hacernos la pregunta fundamental: ¿Qué tipo de terreno estamos preparando en sus corazones? ¿De qué sirve sembrar la mejor semilla de la educación y valores si el suelo donde cae es pedregoso, está lleno de espinas o carece de profundidad?

 

Me voy a permitir tomar como guía la “Parábola del Sembrador”, a manera de check list, o en términos pedagógicos, a manera de rúbrica, para revisar como van nuestros hijos y como vamos como padres en ese acompañamiento. Para correr menos riesgo de algún error en su análisis acudí, como apoyo, al mensaje que daba el Cardenal Carlos Aguiar Retes la semana pasada atendiendo a esta parábola.

 

¿Es propicio para la siembra un terreno pedregoso? ¿Verdad que no? Nadie en su sano juicio arrojaría una buena semilla sobre las rocas esperando una cosecha abundante. Sin embargo, a menudo cometemos ese error; queremos cosechar virtudes como la constancia, la generosidad y la templanza en corazones que no hemos aprendido a labrar, deshierbar y abonar en la convivencia diaria.

 

Este periodo vacacional es la gran oportunidad para convertirnos en los sembradores y labradores que nuestros hijos necesitan. Para lograrlo, debemos comprender a fondo qué significa cada tipo de terreno y cómo podemos trabajar la tierra en el hogar para que sea, verdaderamente, buena tierra. Vamos a ver…

SEMBRAR EN EL CAMINO

 

La tierra del camino es una tierra que ha sido pisoteada tantas veces que se ha vuelto dura como el concreto. No es que sea una mala tierra en su origen; simplemente, el tránsito constante y desordenado la ha compactado tanto que la semilla no puede penetrar ni un milímetro. Queda expuesta en la superficie, lista para ser devorada por las aves o arrastrada por el viento.

 

Nuestros hijos viven en un tránsito constante de información, notificaciones y ruidos digitales. Sus mentes están tan bombardeadas del mundo exterior que sus corazones se van endureciendo, volviéndose impermeables a los mensajes profundos, en su corazón y en su mente no queda espacio para nada.

 

La dureza del camino se combate con la paciencia y la presencia. Las vacaciones son un momento ideal para reducir la velocidad. No saturemos la agenda de los hijos con un campamento tras otro o con horas interminables frente a los videojuegos solo para mantenerlos ocupados.

 

Propicia espacios de desconexión de los teléfonos y computadoras, y genera espacios de conversación.Aprovecha los trayectos en el carro o en el camión, la oruga dirían mis amigos de León, aprovecha las tardes lluviosas o una salida al parque para hablar con tus hijos de temas trascendentes. Pregúntales qué les asusta, qué les emociona, qué opinan de la justicia, del dolor o de la amistad. Dale profundidad al suelo de su mente permitiendo que tus palabras tengan tiempo de asentarse.

 

SEMBRAR EN TERRENO PEDREGOSO

 

El terreno pedregoso tiene una capa delgada de tierra sobre una base sólida de roca. Es un suelo engañoso. Cuando la semilla cae ahí, germina con una rapidez asombrosa porque la roca retiene el calor del sol. La planta brota verde y hermosa en pocos días, pero carece de profundidad. En cuanto el sol calienta con mayor fuerza, la planta se marchita y muere porque sus raíces no pudieron encontrar humedad en la roca.

 

Hoy en día, muchos jóvenes reciben las buenas ideas con un entusiasmo desmedido, de hecho, hay un boom de religiosidad en los jóvenes, pero carecen de la capacidad de sostener el esfuerzo en el tiempo. Son la generación del «corto plazo», acostumbrados a la gratificación instantánea, todo lo quieren resolver con un click. Quieren el éxito sin el proceso, la recompensa sin el sacrificio, el trofeo sin el entrenamiento.

 

Como padres, a menudo alimentamos esta fragilidad al facilitarles todo en lugar de prepararlos para el camino. Les evitamos cualquier frustración, resolvemos todos sus problemas escolares, les compramos todo lo que piden al primer lamento y los sobreprotegemos de las consecuencias de sus propios actos. Al hacer esto, estamos llenando de piedras su terreno. Les impedimos echar raíces profundas.

 

Tenemos que ir formando en nuestros hijos la valentía para afrontar la adversidad. Las cosas en la vida no siempre son fáciles, y las pruebas tampoco lo son. Es precisamente en los momentos de dificultad, de pérdida, de rechazo o de esfuerzo prolongado cuando se templa el carácter.

 

Las vacaciones son el escenario perfecto para entrenar la voluntad y la constancia de los hijos a través de responsabilidades sencillas pero innegociables.

 

Asigna tareas del hogar que requieran constancia; tender la cama todos los días, regar las plantas, pasear al perro o lavar los platos no son castigos; son herramientas pedagógicas. No los salves de sus pequeños fracasos; si tu hijo decide emprender algo en vacaciones, hacer ejercicio, leer un libro, aprender algo nuevo, y quiere abandonarlo a la mitad porque «está difícil», no lo dejes claudicar fácilmente, anímalo a terminar lo que empezó. Enséñale que el valor de una persona se mide por su capacidad de sostener sus compromisos cuando el entusiasmo inicial se ha enfriado.

 

SEMBRAR EN TERRENO ENTRE ESPINOS 

 

Los espinos representan las malezas que crecen junto con la buena planta. No impiden que la semilla germine ni que eche raíces, pero conforme ambas crecen, los espinos, que son más agresivos y demandantes, le roban la luz del sol, el agua y los nutrientes a la planta útil, terminando por asfixiarla. La planta sobrevive, pero jamás da fruto; queda estéril, reducida a un tallo pálido y débil.

 

En nuestra labor como padres, este es uno de los peligros más difíciles de detectar porque a menudo se disfraza de «éxito». Vivimos en una sociedad que rinde culto al consumo, al estatus y al poder. Educamos a nuestros hijos bajo la consigna implícita de que «valen por lo que tienen» y no por lo que son. Les enseñamos a competir de manera despiadada, a acumular bienes, a buscar el reconocimiento externo a toda costa.

 

Esa búsqueda desordenada del tener termina por esclavizarnos, nos hace perder el rumbo. Un corazón asfixiado por los espinos del egoísmo y el consumismo es incapaz de conmoverse ante el dolor ajeno, de experimentar la gratitud genuina y de dar frutos de caridad y trascendencia.

 

Educa en la sobriedad y la gratitud; enseña a tus hijos a disfrutar de las cosas sencillas que no tienen precio: un atardecer, un juego de mesa en familia, una comida preparada juntos. Hagan un ejercicio diario de agradecimiento antes de dormir, reconociendo las bendiciones no materiales que han recibido.

 

Promueve el servicio y el desprendimiento; si es posible, involúcralos en alguna actividad de servicio social o comunitaria, que vivan la experiencia de compartir, de servir y de aliviar la necesidad del prójimo. Ver la realidad de otros contextos es el mejor antídoto contra los espinos del egoísmo.

 

SEMBRAR EN TIERRA BUENA

 

La tierra buena es aquella que ha sido trabajada con paciencia. Ha sido arada para romper su dureza, limpia de piedras para permitir que las raíces bajen con fuerza, y deshierbada constantemente para que las malezas no ahoguen la vida. Es un suelo esponjoso, húmedo, profundo y rico en nutrientes.

 

La tierra buena da fruto, pero no toda da la misma cantidad. Unas semillas rinden el ciento por uno, otras el sesenta y otras el treinta.

 

Esto nos enseña un principio fundamental de la paternidad; el respeto a la individualidad y a las características de cada hijo. Como padres de familia, corremos frecuentemente el peligro de la comparación.

 

Cada uno de nuestros hijos es una tierra distinta, con un potencial único. El hijo que da el treinta por uno no es peor que el que da el ciento; simplemente su fruto, su ritmo de maduración y su misión en la vida son diferentes.

 

Nuestra tarea como padres no es exigir que todos den el ciento por uno bajo nuestros propios estándares de éxito. Nuestra tarea es asegurarnos de que la tierra de sus corazones esté limpia, sana y nutrida para que den el máximo de su propio potencial, sea este el que sea. 

 

Como vemos, tendremos buena tierra; si atendemos a nuestros hijos, con mucho amor, para ayudarlos a corregir cuando pudieran estarse convirtiendo en tierra de camino, terreno pedregoso o terreno lleno de espinos. 

 

Y bueno, querido papá o mamá, ¿Qué tipo de terreno eres tú?, recuerda que las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra.

 

Nos vemos en la próxima entrega y si crees que a alguien le puede ser de utilidad compártelo.

 

 

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