Para vivir mejor.
Gabriel Espinoza Muñoz
Despiertan de madrugada, se ponen su ropa de correr, se ponen tus tenis, se ponen su reloj contador de pasos, agarran su brazalete y vámonos, se van a correr. Hay que hacerlo temprano para alcanzar a regresar para prepararse para su actividad cotidiana; otros lo harán por la noche o en la caminadora de gym.
Hace tiempo tenía muchas ganas de escribir sobre este tema, pues, aunque pareciera un tema eminentemente mundano, considero trae una dosis muy importante de espiritualidad.
Hoy, gratamente podemos ver que hay un retorno a la realización de actividades físicas, los gimnasios estas llenos, en los parques hay personas caminando, corriendo, en bicicleta; y el futbol, bueno, el futbol es de siempre, cada fin de semana vemos los campos llenos, sean empastados, de tierra, de salón, para todos hay.
Pero bueno, regreso al hecho de que si, gratamente vemos que muchas personas hoy realizan actividades físicas, y me quiero centrar en una actividad que para mí se puede convertir en una oportunidad de cambio, una oportunidad de construir una filosofía de vida, el running.
Correr puede ser mucho más que un deporte (los fresas le llaman running) y puede convertirse en una filosofía de vida.
Y primero, primerito, me quiero confesar ser ese grupo de personas que dicen que estamos locos por levantarnos de madrugada a correr, y a mí, como seguramente a muchos, hubo alguien que nos invitó por primera vez a correr una carrera, mi caso fue mi estimado Toñito Nieves, como lo conocemos de cariño, si ese amigo que vende los mejores raspados de Irapuato.
Salir a correr es como un peregrinar; en la vida y en la carrera, el camino exige desprendimiento, el dolor es un maestro silencioso y la meta justifica cada gota de sudor. Introducir la filosofía del running y del peregrinaje en la familia es vacunar a los hijos contra la fragilidad emocional y espiritual.
Esta filosofía le sirve a los jóvenes y a los mayores; a los padres y a los hijos; a los ricos y a los pobres; a los expertos y a los principiantes; a los santos y también a los pecadores
A continuación, desglosaremos los cuatro pilares fundamentales de esta filosofía de vida, que aplica al running pero puedo asegurar que aplica para muchas otras actividades físicas.
1. Resiliencia: El arte de dar el siguiente paso
El primer principio del corredor es engañosamente simple: poner un pie delante del otro. No obstante, cualquiera que haya enfrentado el kilómetro 35 de un maratón, o los últimos dos kilómetros de una sesión intensa bajo la lluvia, sabe que este “siguiente paso”requiere una fuerza que trasciende los músculos. La resiliencia en el running no es la ausencia de cansancio, sino la decisión consciente de dar el siguiente paso cuando todo el cuerpo grita que te detengas. Cuando las piernas se cansan el corazón y la fe te empujan.
No es lo mismo dar el siguiente paso en el kilómetro 1 que darlo en el kilómetro 41 cuando estar a punto de concluir un maratón o cuando has cruzado la meta y te das cuenta del dolor, del cansancio, pero también del orgullo de la meta cumplida.
El peregrino no camina porque el día sea soleado o porque el sendero sea llano; camina porque tiene una promesa; porque tiene fe y tiene esperanza.
En la vida diaria ese siguiente paso puede implicar intentarlo una vez más, perdonar una vez más, reconciliarte y continuar, perdonarte una vez más.
Cuando en familia se practica alguna actividad física, los hijos aprenden que las dificultades no son el fin del camino, sino el terreno donde se entrena la voluntad.
2. El Proceso sobre el resultado: santificar el entrenamiento diario
El error del principiante es vivir enamorado únicamente del día de la carrera, de la medalla de metal que colgarán en su cuello y de la fotografía en la meta. El corredor maduro, en cambio, comprende que la carrera es solo la celebración pública de un trabajo que se hizo en la más estricta intimidad. La verdadera transformación ocurre a las cuatro o cinco de la mañana de un martes cualquiera, en la oscuridad, acumulando kilómetros en solitario mientras la ciudad duerme.
El cielo no se gana con una sola acción espectacular, sino con el «entrenamiento diario» de nuestra existencia.
Un hogar que vive esta filosofía se convierte en un refugio de paz donde cada miembro es amado por lo que es, y por su esfuerzo en el proceso de crecimiento, y no por sus «medallas» externas.
3. Autoconocimiento y silencio: El espacio sagrado de la soledad elegida
Correr es un acto profundamente introspectivo, el running ofrece un oasis de soledad bendita. Al cabo de unos pocos kilómetros, cuando el ritmo de la respiración se estabiliza y el latido del corazón se convierte en nuestro confidente, la mente entra en un estado de claridad asombrosa. El ruido del mundo exterior se apaga y emerge la voz interior. En esa soledad del asfalto, el corredor vive la oportunidad demirar hacia dentro. Es allí donde se ordenan las ideas, se libera el estrés acumulado, se procesan los duelos y se desarman las mentiras que nos contamos a nosotros mismos. Correr nos desnuda psicológicamente; nos muestra nuestras debilidades reales y nuestras fortalezas ocultas. Ahí es donde se hacen los mejores exámenes de conciencia
El autoconocimiento que se logra corriendo lleva de la mano a la humildad, que es la base de una mejor vida espiritual.
4. Superación Personal: La Única Competencia Válida
El running es un deporte único porque, a menos que seas un atleta de élite mundial, no sales de la línea de salida con la esperanza de vencer a los otros diez mil corredores que te rodean. La única competencia que tiene validez moral y deportiva es contra tus propias marcas del pasado.
El running destruye la envidia porque te enseña a aplaudir el triunfo ajeno mientras te concentras en superar tus propios límites. Si hoy corriste un minuto más rápido que el mes pasado, o si simplemente lograste dominar tu mente para no detenerte en la subida, has ganado la única copa que realmente importa: la de ser mejor que ayer.
La conversión es un proceso diario de superación personal asistido por la gracia. Cada día es una oportunidad para ganarle terreno al egoísmo, a la soberbia, a la lujuria o a la apatía. Nuestra meta no es ser mejores que nuestro vecino, sino ser hoy mejor de lo que fui ayer y parecerme más al yo que anhelo ser.
Cuando una familia toma la decisión valiente de adoptar estos hábitos saludables y espirituales, está edificando su casa sobre roca firme. Está enseñando a los hijos que el cuerpo no es un objeto de consumo ni un estorbo, sino el vehículo que nos lleva al logro de nuestros sueños.
¿Y por qué hoy hablo de este tema?
El 3 de junio festejamos el Día Mundial del Running, una fecha destinada a visibilizar los beneficios del ejercicio y a unir a millones de personas en torno al asfalto. Es una jornada para contemplar que cada zancada es un acto de gratitud por el don de la vida y que, detrás de la marea humana que sale a correr ese día, se esconde el anhelo universal del ser humano por ponerse en marcha hacia una meta que llene su existencia.
Así, es oportuno reconocer a los amigos que corren y que en broma decimos que pagamos para ganar una medalla y un plátano, en esa lista andan amigos como Carlos Cordero, Toñito, Beto, Víctor, Wendy, Chavita, Gaby y muchos, muchísimos amigos, que terminan la carrera reciben su medalla y se van a casa, a esperar la siguiente madrugada para ir de nuevo a entrenar, a vivir su siguiente cita con ellos mismos.
Gracias por leerme y nos vemos en la próxima entrega.




