Para vivir mejor.
Gabriel Espinoza Muñoz
He tenido la fortuna de estar rodeado de maestros y maestras durante mi vida profesional, y tengo además la dicha de contar con una maestra en casa, mi esposa Margarita. A todos felicidades.
Cada 15 de mayo, el calendario se detiene un instante para celebrar el Día del Maestro. Es una fecha arraigada en las tradiciones de nuestra patria, a menudo acompañada de festivales coloridos, discursos oficiales y obsequios sencillos entregados por manos infantiles, sin embargo, detrás de la repetición anual de esta efeméride se esconde una realidad mucho más profunda y urgente que los padres de familia, y la sociedad en su conjunto, estamos llamados a redescubrir pues el maestro es insustituible en la construcción de una mejor comunidad.
En un mundo que vive de prisa, se corre el riesgo de perder el verdadero sentido de la educación. Hoy cualquier teléfono inteligente puede responder en segundos a una pregunta de historia, química o matemáticas. Si la labor del maestro se redujera únicamente a vaciar contenidos en las mentes de los alumnos, la profesión docente ya habría quedado obsoleta, reemplazada por algoritmos y motores de búsqueda. Pero es precisamente aquí donde se vuelve más vigente que nunca.
El verdadero maestro no es un transmisor de datos, sino un mediador entre el conocimiento y la vida. Es alguien que mira al alumno no como un contenedor vacío que debe ser llenado, sino como una fogata que debe ser encendida. Tocar el corazón de un niño o de un adolescente significa reconocer su individualidad, sus miedos, sus talentos y sus sueños. En los salones de clases, desde las escuelas urbanas sobrepobladas hasta las pequeñas aulas comunitarias en la Sierra de Pénjamo o la Sierra de Lobos, los maestros realizan diariamente este milagro silencioso. Escuchan al alumno que llega triste, alientan al que cree que no puede, contienen la ansiedad del que se siente presionado y desafían la inteligencia del que se ha acomodado en su zona de confort.
El mensaje de la CEM (Conferencia del Episcopado Mexicano) utiliza dos metáforas de una belleza y profundidad extraordinarias para describir la labor de las maestras y maestros de México: los define como artesanos que moldean y como campesinos que labran. Ambas figuras evocan oficios ancestrales que requieren cualidades que parecen estar en peligro de extinción en nuestra sociedad contemporánea: paciencia, delicadeza, conocimiento profundo de la materia de trabajo, resistencia al cansancio y, por encima de todo, una fe inquebrantable en el futuro.
Cada niño que entra a un aula trae consigo una historia familiar distinta, un ritmo de aprendizaje particular, un temperamento propio y una sensibilidad única. El maestro artesano no intenta estandarizarlos a todos bajo un molde rígido; al contrario, observa la pieza con respeto, detecta sus vetas, sus puntos fuertes y sus fragilidades. La metáfora del campesino nos habla del ciclo de la siembra y de la esperanza. El campesino labra la tierra, remueve las piedras, prepara el surco, deposita la semilla y la riega con sudor y constancia. Sin embargo, el campesino no ve el fruto de manera inmediata. Debe aprender a esperar, a confiar en las leyes invisibles de la naturaleza, a proteger el brote tierno de las plagas y de las inclemencias del tiempo. Del mismo modo, el maestro es un sembrador a largo plazo.
Esta metáfora me recuerda la cita que hacíamos en otra entrega del libro “Outliers. The Story of Success”,de Malcolm Gladwell en su libro “Outliers. Donde nos habla de la importancia de construir ecosistemas que ayuden a los alumnos a desarrollarse y dar frutos.
No podemos hablar del maestro de hoy pensando en las condiciones de hace treinta o cuarenta años. Los educadores de nuestro tiempo se encuentran inmersos en una de las transiciones culturales más vertiginosas e inciertas de la historia humana y que se aceleró con la pandemia de hace algunos años.
Nuestros hijos están expuestos a un océano de datos, imágenes, videos y narrativas a través de las redes sociales y el internet; sin embargo, carecen muchas veces de los filtros críticos, la madurez emocional y el criterio moral para procesar esa avalancha. “Están hiperconectados con el mundo exterior, pero desconectados de su propia interioridad”.
El maestro ayuda al alumno a separar el trigo de la paja, a distinguir la verdad de la falsedad, a cuestionar los discursos de odio o de consumo superficial, y a estructurar su pensamiento de manera lógica y coherente.
Adecuarse a estos tiempos ha exigido de nuestros docentes un esfuerzo de actualización titánico, muchas veces autofinanciado y realizado fuera de sus horarios de trabajo, aprendiendo a dominar plataformas digitales, metodologías híbridas y nuevas herramientas tecnológicas, sin perder la calidez del contacto humano que es la esencia de la educación.
En el corazón de la pedagogía más profunda se encuentra un principio inmutable: “No se enseña únicamente con lo que se dice, se enseña fundamentalmente con lo que se es”. Las palabras pueden ser hermosas y los planes de estudio estar perfectamente diseñados, pero si no están respaldados por una vida coherente casi de nada sirven.
Su testimonio vale tanto como su lección, el testimonio de un maestro es su lección más poderosa y duradera. El respeto que muestra hacia sus alumnos, su puntualidad, su honestidad intelectual al admitir cuando no sabe algo, su ecuanimidad ante el conflicto, su pasión por el conocimiento y su compasión hacia el más débil son las verdaderas materias que se graban en el alma de los estudiantes.
Este nivel de responsabilidad es ciertamente exigente y puede parecer una carga pesada, pero es también la fuente del mayor orgullo y de la autoridad moral legítima que los maestros sostienen ante la sociedad.
Ahora, durante las últimas décadas, hemos sido testigos de un fenómeno social preocupante: la paulatina delegación de la responsabilidad educativa total en manos de la escuela. Con frecuencia, debido a las exigencias económicas extenuantes del mundo moderno donde ambos padres deben trabajar largas jornadas o a una especie de renuncia involuntaria, “Los hogares se han convertido en meros hoteles de paso y las escuelas en guarderías de tiempo completo” encargadas no solo de instruir, sino de educar en los hábitos más elementales de conducta, urbanidad y moralidad.
Esta externalización de la paternidad es injusta para los maestros y desastrosa para los hijos. Provoca que, cuando surgen problemas de disciplina, bajo rendimiento o crisis emocionales en los alumnos, la primera reacción de muchos padres sea culpar al docente,
Nuestra comunidad atraviesa desde hace años un nivel casi incontrolable de violencia, polarizaciónpolítica, corrupción y deterioro constante del tejido social. Nos hemos acostumbrado a escuchar noticias de tragedias cotidianas y parece, por momentos, que el desánimo se ha apoderado de nosotros.
Cuando un maestro enseña a sus alumnos a resolver sus diferencias a través del diálogo y la mediación, y no a través de los golpes o los insultos, está sembrando una cultura de paz. Cuando organiza trabajos en equipo donde los alumnos más aventajados ayudan de manera voluntaria a quienes experimentan dificultades, está inyectando el virus de la solidaridad social en una cultura marcadamente individualista y competitiva. Cuando exige limpieza, orden, respeto a los turnos de palabra y cuidado de las instalaciones escolares, está formando ciudadanos responsables que sabrán respetar las leyes, cuidar los espacios públicos y exigir sus derechos con madurez en el futuro. “El aula es el laboratorio donde se ensaya el país que queremos ser”
Esto me recuerda el modelo de desarrollo de habilidades blandas y de convivencia a través de la robótica que trabajamos en The Valerio Foundation y del que en otra entrega les platicaré
Este artículo perdería su fuerza transformadora si no nos interpelara a nivel personal. La gratitud abstracta es estéril; la verdadera gratitud tiene nombres y apellidos, rostros concretos, tonos de voz específicos y anécdotas grabadas en la memoria del alma. Por ello, invitamos a cada padre de familia, a cada adulto que lee estas líneas, a hacer un ejercicio de honestidad y nostalgia constructiva: hagamos un viaje en el tiempo hacia los años de nuestra propia infancia y juventud o recorramos la escuela de nuestros hijos y recordemos cuanto hace que no agradecemos a sus maestros por su labor con nuestros hijos
Cierren los ojos por un instante y recuerden los pasillos de su escuela primaria, el olor de los libros nuevos, el sonido del gis sobre el pizarrón o el frío de las mañanas de invierno en el patio cívico. En ese escenario del pasado, inevitablemente aparecerá un rostro; aparecerá el maestro o maestra, de primaria o de secundaria que estuvo ahí, que nos acompañó y nos ayudó a ser mejor alumnos y personas.
Esos maestros son los que «dejaron huella». Esas huellas no se borran con los años ni con los avatares de la vida adulta; se convierten en parte de nuestra estructura de personalidad, en la voz interior que nos impulsa a actuar con rectitud y compasión. Al celebrar el Día del Maestro, celebramos la herencia viva de esos hombres y mujeres que se gastaron a sí mismos para que nosotros tuviéramos luz.
Y bueno pongamos nombre y rostro a esos buenos maestros. Yo recuerdo a mi maestra de segundo y tercero de primaria la maestra Lucha Cisneros Saavedra QEPD, mamá de mi estimada maestra Alicia Canchola, recuerdo con gratitud también a la maestra Lupita Sánchez, mi maestra de quinto de primaría y hoy jefa de sector.
Hagamos un ejercicio, compártenos quien fue tu mejor maestra, esa que recuerdas con gratitud y a quien te gustaría rendir un pequeño homenaje en estas líneas.
Recuerda “La gratitud es la memoria del corazón”
Felicidades a todos nuestros queridos maestros y maestras.
Nos vemos en la próxima entrega





