Andrés Ortiz
Irapuato, Gto., 18 de agosto del 2026. –
Este 18 de agosto se cumplen 53 años de la gran inundación de 1973, uno de los episodios más dolorosos en la historia reciente de Irapuato, una tragedia que todavía permanece en la memoria de quienes la vivieron y de las familias que heredaron sus historias.
La emergencia comenzó a tomar forma desde el 17 de agosto, cuando autoridades municipales, militares y federales supervisaron la situación hidráulica ante los efectos de la tormenta tropical Brenda y el riesgo que representaba la presa El Conejo. En ese momento, la valoración oficial apuntaba a que no existía un peligro inmediato para la población.
La situación cambió drásticamente al día siguiente. Durante la mañana y primeras horas de la tarde del 18 de agosto, el agua comenzó a ingresar a distintos sectores de la ciudad hasta convertirse en una corriente de gran fuerza que arrasó viviendas, vehículos, animales y pertenencias.
Testimonios recopilados durante distintos aniversarios permiten dimensionar lo ocurrido desde quienes estuvieron ahí. Juan Carlos, entonces joven, recordó que inicialmente nadie imaginaba la magnitud de la emergencia. El agua comenzó a ganar altura hasta que una corriente lo arrastró mientras intentaba asegurar una camioneta. Logró salvarse al sujetarse de una reja y posteriormente ser auxiliado con una cuerda.
En su caso, la familia permaneció prácticamente aislada durante casi dos días, refugiada en una vivienda de concreto mientras alrededor se desplomaban casas de adobe. “Eso jamás se va a olvidar”, recordó años después.
También está el testimonio de Juan José Trujillo Pizza, integrante del cuerpo de bomberos desde 1967, quien participó directamente en las labores de auxilio. Relató que decenas de personas fueron resguardadas en las instalaciones de la corporación, mientras la corriente hacía cada vez más difícil llegar a otros puntos de la ciudad.
La noche del 18 de agosto, recordó, estuvo marcada por los gritos de las familias, el llanto de los niños, la lluvia y el estruendo provocado por las casas que se desplomaban. Los bomberos tuvieron que improvisar para conseguir alimentos y mantener con vida a quienes permanecían refugiados.
Uno de los episodios que más recuerda fue la búsqueda de cuerpos en días posteriores. Trujillo Pizza relató que acompañó a un compañero que buscaba a su hermano desaparecido y que incluso participaron en la recuperación de cuerpos depositados en una fosa común. El cadáver de aquel hombre sería localizado y recuperado hasta un año después.
Otros sobrevivientes recuerdan escenas similares: familias enteras refugiadas en azoteas, casas de adobe que cedían ante el agua y objetos arrastrados por las calles. Rogelio, quien tenía alrededor de 18 años, recordó haber permanecido junto con su familia en una azotea de la colonia Independencia mientras observaba cómo la corriente se llevaba muebles y pertenencias.
La solidaridad también fue parte de la emergencia. Vecinos compartieron alimentos y agua, mientras posteriormente comenzaron las labores de limpieza y recuperación. Para muchas familias, volver a empezar significó retirar muebles destruidos, limpiar sus viviendas y reconstruir prácticamente desde cero.
A 53 años de distancia, la inundación continúa siendo una referencia obligada en la memoria colectiva de Irapuato. Más allá de las cifras y las responsabilidades históricas, los testimonios de quienes sobrevivieron permiten recordar cómo una ciudad entera enfrentó una emergencia que cambió para siempre su historia.
El 18 de agosto de 1973 no es sólo una fecha en el calendario de Irapuato: es una historia que todavía viven quienes estuvieron ahí y que la ciudad continúa transmitiendo a las nuevas generaciones.





