Andrés Ortiz
Irapuato, Gto., 06 de agosto del 2026. –
Hoy se cumple un año de la mañana en que Irapuato dejó de ser el mismo. El 6 de agosto de 2025, una locomotora de empuje de Ferromex se desprendió del convoy al llegar a los patios de servicio de la ciudad, sin que se desactivara el piloto automático. Convertida en una mole de acero sin control, arrolló a tres vehículos y una motocicleta en dos cruces distintos sobre el bulevar Paseo Irapuato: primero en la colonia Europa, cerca de la calle Florencia, y minutos después en el puente Bicentenario, colonia Primero de Mayo. El resultado fue devastador: seis personas muertas y dos heridas en cuestión de minutos.
Entre las víctimas, una misma familia quedó destrozada: Antonio Aldaco García murió junto a sus hijas gemelas, Daniela y Blanca, de 27 años, cuando el tren impactó el Sentra gris en el que viajaban. En el segundo punto perdieron la vida Eduardo Ramos, de apenas 19 años, y su amigo Juan Carlos, de 23, además de Luis Rodolfo y Carlos, cuyas despedidas conmovieron a barrios enteros de la ciudad.
Durante 44 horas, el maquinista permaneció atrincherado dentro de la cabina de la locomotora mientras la policía municipal resguardaba la unidad, hasta que sus propios compañeros lograron convencerlo de entregarse. Ese mismo fin de semana quedó en libertad sin haber sido formalmente detenido: la Fiscalía aclaró que solo rindió declaración.

La entonces gobernadora Libia García Muñoz Ledo anunció, a pocos días del hecho, que Ferromex cubriría todos los gastos funerarios y hospitalarios de las víctimas, independientemente del resultado de las investigaciones, mientras la empresa alegaba estar revisando la caja negra para determinar por qué la máquina se había separado del convoy. Fue una promesa pública, hecha frente a cámaras. Pero la realidad que siguió fue otra.
Tres semanas después del hecho, el fiscal general del estado, Gerardo Vázquez Alatriste, reconocía que el proceso de conciliación seguía abierto, sujeto a que las familias aceptaran los montos ofrecidos por la empresa. Y todavía a finales de agosto de 2025, la propia alcaldesa de Irapuato, Lorena Alfaro, admitía públicamente que Ferromex no había cumplido de manera completa con la indemnización a las familias afectadas.
Un año después, no hay claridad pública sobre si esos acuerdos reparatorios se cerraron en su totalidad, ni sobre el estado final del proceso contra el maquinista. Lo que sí quedó claro es el patrón: promesas inmediatas ante los medios, seguidas de resistencia cuando llegó el momento de pagar.

Antes de la tragedia, vecinos ya advertían sobre vagones sueltos circulando sin control por las vías de Irapuato. Una familiar de una de las víctimas mortales relató que había presenciado al menos cuatro veces esa misma situación, y exigió a las autoridades reforzar la señalética antes de que la desgracia se repitiera. Su advertencia no fue escuchada a tiempo.
Y la sombra de aquella advertencia se volvió a asomar hace apenas unos días: el pasado 2 de agosto, otro cruce ferroviario en Irapuato —esta vez en la comunidad de Guadalupe de Rivera— fue escenario de un nuevo choque entre un tren y una camioneta, con un saldo de dos personas muertas. Un año, casi al día, después de la primera tragedia, y las vías de la ciudad volvieron a cobrar vidas.
Lo que quedó de la tragedia
Hoy, familiares y amigos regresaron a los dos puntos exactos de la vía sobre Paseo Irapuato donde todo se rompió hace un año. No fueron a pedir dinero —lo han dicho una y otra vez—, fueron a recordar, a sostener el nombre de quienes no volvieron a casa esa mañana de miércoles. El impacto rompió la armonía de todo un municipio durante semanas; el silencio institucional que vino después la sigue rompiendo, un año más tarde.
La pregunta que Irapuato no ha dejado de hacerse es la misma que hace un año: ¿cuántas advertencias más hacen falta, y cuántos cruces más tienen que enlutarse, para que las vías dejen de atravesar la ciudad sin control?




