Por Jorge Marcelino Trejo Ortiz
La masacre reciente en Salamanca nos enfrenta al horror cotidiano. Un partido de fútbol terminó convertido en escenario de muerte, con al menos 11 personas asesinadas y 12 heridas en un campo deportivo, incluyendo mujeres y niños, según autoridades y reportes periodísticos.
Cada ataque no solo destruye vidas, también siembra miedo profundo en comunidades enteras.
Guanajuato carga desde años cifras que duelen demasiado, siempre hoy: en los últimos cinco años el estado ha acumulado más de 520 masacres, de acuerdo con organizaciones civiles. Esta violencia extrema no se limita a un tipo de lugar; ha ocurrido en anexos, fiestas, templos, bares y campos deportivos, mostrando una violencia estructural que no da tregua.
Se dice “ajuste de cuentas” como si explicara todo, pero ninguna etiqueta devuelve padres, hijos o amigos perdidos que no tenían otra intención que convivir o celebrar. En 2023, por ejemplo, una masacre en Salvatierra dejó alrededor de 11 muertos y 24 heridos en una fiesta navideña. El año anterior, una balacera en Irapuato durante una fiesta religiosa acabó con la vida de 12 personas e hirió a más de 20.
La impunidad alimenta la audacia de células violentas locales armadas. Cuando pocas detenciones generan pocos procesos sólidos y efectivos, la percepción de riesgo para los criminales disminuye y alienta nuevas atrocidades. Detenciones aisladas no bastan si los sistemas de justicia no garantizan sentencias ni reparación del daño, dejando a víctimas y familias sin respuestas reales.
La prevención exige inteligencia estratégica y análisis criminal profundo continuo, no solamente imposición de fuerzas después de la tragedia. Anticipar riesgos con datos, coordinación y unidades especializadas puede salvar vidas, pero requiere voluntad política y músculo institucional, no discursos tranquilizadores que solo buscan bajar cifras oficiales sin enfrentar la raíz del problema.
Los municipios pequeños sufren limitaciones presupuestales y operativas, pero la cercanía ciudadana permite alertas tempranas valiosas. Fortalecer policías locales con capacitación y protocolos claros reduce improvisaciones durante crisis violentas graves y complejas, complementando la acción federal y estatal, pero sin sustituir la responsabilidad local de proteger a las comunidades.
El estado debe liderar una estrategia integral sostenida y verificable con resultados. Importa resolver casos y desarticular redes criminales completas con evidencia, no solo administrar números para discursos oficiales. Cada captura debe conducir a sentencias y a reparación del daño; la transparencia construye legitimidad y control democrático con vigilancia constante.
Guanajuato merece paz duradera y oportunidades para juventudes con futuro. La violencia roba proyectos, empleos y convivencias; recuperar espacios públicos exige presencia institucional confiable y cercana, y participación vecinal organizada. La paz se construye con justicia cotidiana tangible, verdad y políticas públicas centradas en derechos humanos.
El gobierno federal debe mirar con atención constante a Guanajuato. Ningún territorio merece prioridades selectivas ante tragedias reiteradas y graves. La magnitud de la violencia en el estado exige recursos, atención y coordinación real. Cooperar fortalece soberanías cuando hay objetivos comunes legítimos: preservar la vida.
Las víctimas necesitan acompañamiento psicológico, legal y social oportuno, además de apoyo económico mientras reconstruyen proyectos de vida con dignidad. Nombrarlas honra su historia y evita el olvido que las borre. Escucharles guía políticas públicas centradas en personas y derechos, poniendo en el centro a quienes más sufren.
Este primer lugar vergonzoso debe sacudir conciencias hoy, de verdad. No para resignarnos, sino para exigir resultados reales y medibles. Autoridades estatales están obligadas a demostrar capacidad con hechos firmes. Proteger vidas es prioridad indeclinable del Estado de derecho: Guanajuato puede renacer si prevalecen justicia, legalidad y paz. Como decía don Alejandro Martí: si no pueden, renuncien.




