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miércoles, abril 24, 2024

Ayer terminó la guerra

Conciencia ciudadana
Ayer terminó la guerra
Por Felipe Canchola González

Ayer terminó la guerra. Décadas de asambleas, de tratados, de discursos, culminaron en la devastación mundial. Todo fue como el estampido de un relámpago: Bastó accionar un botón de computadora; el mínimo esfuerzo para la máxima destrucción. Los misiles cayeron por todas partes.

– ¿Recuerdas que apenas ayer, las noticias en las redes hablaban de las declaraciones amenazantes entre los líderes de las potencias y su arsenal nuclear?

Mi hijo Felipe, me lanza la pregunta con una horrorizada expresión en su rostro, casi irreconocible por el enrojecimiento generalizado de su piel y la mezcla de sudor, tierra y contaminación que vuela en el aire.

– Sí, le contesto. No creímos que se atrevieran…

Advertí en mi voz entrecortada, un llanto contenido, el temor al límite y aquel grito ahogado hacia el cielo clamando perdón a Dios. Saco de mis entrañas una incondicional creencia de la existencia divina.

La cima de la guerra fría, se calentó tanto como el calentamiento global. Las Naciones Unidas hicieron un esfuerzo final para impedir el diluvio de fuego. Los gobiernos no escucharon, y nosotros nunca pensamos que se repetiría la tragedia de Hiroshima y Nagasaki, ¡pero fue mil veces peor!

Hoy, el mundo amaneció a menos de la cuarta parte. Todo el progreso, la tecnología, la cultura, templos, escuelas, hospitales y lo que la humanidad acumuló en un esfuerzo de milenos, se esfumó en segundos.

Sabíamos que en una tercera guerra no habría vencedores; sabíamos que quien disparara segundos antes, no dejaría nada. La Segunda Guerra Mundial se quedó en una inocente caricatura, aún para los niños. Casi no hay edificios que reparar, solo millones de muertos que no requieren siquiera sepultura.

Mi hijo y yo, solo podíamos decir: Aquí era México; por allá se levantaba París; por acá existió Roma; arriba estaba Nueva York; y más allá estaba Tokio. Hace dos días, esas ciudades hervían de gente, de luz, de antenas, de automóviles. Ahora son ruinas y cenizas.

En los primeros segundos de explosiones, murieron 300 millones de personas; en menos de cinco segundo que duró el infierno de Dante, el saldo puede ser de 600 millones de gentes.

Mucho antes, ya se había perdido toda sensibilidad, todo sentido humano, por un loco frenesí suicida. No teníamos ni la más remota imagen de la guerra que terminó ayer. Oíamos, pero no escuchábamos los llamados a la paz, a la justicia y al amor. Reinaba el odio exacerbado y el deseo de aniquilar a los demás.

Mucho, mucho dinero fue arrebatado a países pobres mediante deudas impagables; tramposos movimientos en bolsas de valores, y absurdos tratados comerciales, solo para destinarlo a experimentos bélicos y bacteriológicos; para llenar el espacio de satélites, desde donde se vomitaría el fuego contra el ser humano.

Solo se hablaba de adversarios, reales o imaginarios. Pero muy tarde advertimos que para los dueños del mundo, los enemigos era la desmedida sobrepoblación, los improductivos ancianos, los pobres y necesitados, los hambrientos, los enfermos, los niños inocentes, los campesinos ignorantes y los sedientos de justicia.

Ahora todo es solo recuerdos y ruinas. Al Apocalipsis de San Juan no le faltó visión ni profecía. La terrible aniquilación nunca fue exagerada, porque se cumplió letra por letra. Borró del mapa capitales y ciudades.

– ¿Y luego qué pasó? Me preguntan mis amigos del “Italian Coffe”, el de Plaza Jacarandas, al norte de Irapuato, con quienes platicamos de todo y de nada, tras cada sorbo del café que, como un ritual cotidiano, lo bebemos para seguir cultivando esa amistad que brotó como una semilla y se convirtió un frondoso árbol.

– Desperté tembloroso, sudando. En mi seca boca solo había un fétido sabor a centavos viejos. Toda la mañana, mi cerebro ha procesado miles de pensamientos sobre la existencia humana y nuestra misión, no solo de cada uno, sino como raza y creación en el microscópico lugar que ocupa el planeta en el cosmos.

– Lo bueno es que solo fue una pesadilla, me dijo José Luis Manzano con su acostumbrada serenidad, aquel segundo lunes de abril; Leonardo, el tequilero, estuvo también de acuerdo. Mientras que el mordaz y sarcástico Luis Urra Zanella, me diagnosticó paranoia:

– ¿Pues en qué chingaderas te dormiste pensando?, exclamó el ex regidor panista.

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