“EL VALOR DEL SERVICIO”

Para vivir mejor.

Gabriel Espinoza Muñoz

Hace algunas semanas Margarita y yo fuimos invitados a dar una plática a un grupo de padres y padrinos en un reconocido Colegio en Purísima del Rincón; bueno, en realidad invitaron a Margarita y yo me le pegué, claro, tenía el interés de ir a Purísima a comerme unas enchiladas con cecina, les recomiendo las de “Cenaduría Rosita” en el Mercado Principal, una delicia.

Luego la invitación vino de nuestro estimado Padre Israel a Abasolo, también para papás y padrinos. En ambas charlas comentábamos la importancia de reconocer la labor de quienes preparan a los niños durante muchos meses. Ellas no reciben ningún pago y solo lo hacen por amor a su fe. Por cierto, acaba de pasar el pasado 21 de agosto el Día del catequista, con su Santo patrono San Pio X.

Y bueno, ya de regreso comentábamos que se ha ido perdiendo la cultura de agradecer a quienes nos hacen la vida más fácil de manera cotidiana o que nos ayudan a crecer.

Vivimos tan de prisa que es fácil perder de vista pequeños grandes detalles en las personas. Olvidamos que detrás del camión que nos lleva al trabajo hay un conductor que madrugó, que detrás de los estantes ordenados en el supermercado hay manos cansadas, y que detrás de la seguridad en un cruce vial hay un agente de tránsito soportando las inclemencias del tiempo, o la maestra que se esmera en la clase de nuestro hijo, sin importar si tiene en casa un enfermo o una preocupación; más aún, ignoramos con frecuencia la labor silenciosa de quienes entregan tiempo, corazón y fe sin recibir una moneda a cambio: el catequista que prepara una clase el sábado por la tarde, el sacerdote que escucha confesiones durante horas, el vecino que organiza la seguridad de la calle o el padre de familia que encabeza la organización de padres de familia, por puro amor a la comunidad.

 

Para las familias, enseñar a los hijos a dar las gracias no es un simple ejercicio de etiqueta ni una regla de cortesía social. La gratitud es, fundamentalmente, una virtud vivida en la práctica; es la capacidad de reconocer que todo lo bueno que recibimos tiene detrás un rostro y unas manos que se esmeraron para nosotros.

 

Cuando educamos el corazón de nuestros hijos en el agradecimiento, no solo formamos ciudadanos respetuosos: estamos cultivando almas capaces devalorar y agradecer lo valioso de la vida y del prójimo.

 

Cuando un niño aprende a dar las gracias al chofer del autobús o a la persona que limpia la escuela, a la maestra, a la catequista o a la persona que nos cede el paso, ocurren dos transformaciones espirituales profundas:

 

1. Reconocimiento de la dignidad humana: El niño comprende que ninguna persona es un mero instrumento de servicio, sino un hermano, con igual dignidad que nosotros.
2. Humildad: Descubre que nadie es autosuficiente, que dependemos constantemente de los demás para vivir y crecer.

 

La gratitud vence al orgullo y al egoísmo, dos de las tentaciones más grandes en el mundo contemporáneo. Enseñar a los hijos a ser agradecidos es blindarlos contra la cultura del descarte y el consumo, como lodecía el Papa Francisco, donde las personas solo son valoradas por lo que producen y no por lo que son.

 

Nuestros hijos observan cómo nos relacionamos con el mundo; las interacciones diarias en la calle, en las tiendas, en la escuela, en el trabajo, y como hemos dicho, “Nuestra vida es la mejor aula de formación humana y espiritual.

 

La maestra y los educadores: No solo transmiten conocimientos; entregan horas de planificación, paciencia y entrega vocacional. Enseñar a nuestros hijos a decir gracias, maestra, por su clase de hoy transforma la relación pedagógica en un vínculo de respeto y cooperación.
El chofer del transporte y el personal de servicio:Conducir entre el tráfico o mantener limpios los espacios públicos requiere esfuerzo y concentración. Un saludo cordial y un agradecimiento sincero al subir o bajar del vehículo humanizan el entorno urbano. Aplica también para las personas que pasar por nuestra casa para recoger nuestra basura o quienes se dedican a mantener limpios los espacios públicosy los espacios donde laboramos.
La cajera del supermercado o del banco: En medio de jornadas largas y repetitivas, una mirada a los ojos acompañada de un “Muchas gracias señorita”puede cambiar por completo el día de unatrabajadora cansada.
El agente de tránsito o el policía: Velar por el ordenen el tráfico y la seguridad vial implica riesgos y exigencia física. Valorar su presencia enseña a los niños a respetar la autoridad y el orden social.
El personal a nuestro cargo. Reconocer su trabajo y no comunicarnos solo para dar órdenes habla de nuestros valores, de nuestra educación pero sobre todo de nuestro respeto por las personas.
La persona de la ventanilla o del escritorio. A veces estamos molestos con los gobiernos o con los gobernantes, pero quien nos atiende en una ventanilla o nos recibe en un escritorio es una persona como usted o como yo, que más allá de su salario siempre le vendrá bien un “gracias”, una sonrisa, un trato respetuoso.

 

Al educar a los niños para que observen y valoren estos oficios, les enseñamos a no dar nada por sentado. Cada plato servido, cada calle limpia y cada lección aprendida son fruto del esfuerzo de alguien a quien la vida ha puesto en nuestro camino.

 

Si es vital agradecer a quienes reciben un salario por su trabajo, resulta aún más transformador enseñar a nuestros hijos a honrar a quienes entregan su tiempo de manera desinteresada por el bien de la comunidad y por la formación de las almas.

 

La catequista: Dedica horas a estudiar, preparar dinámicas y orar por sus alumnos. Transmite el tesoro de la fe sin esperar recompensa terrenal. Enseñar a nuestros hijos a valorar a su catequista fomenta el amor por la fe. Aplica también para las personas que leen en misa, las que recogen la limosna y todos los que apoyan en la iglesia, llámese como se llame la religión que usted profese.
El sacerdote: Han entregado su vida entera para acompañar espiritualmente a la comunidad, llevar consuelo a los afligidos y, en cualquier denominación, servir de puente con la eternidad. Reconocerlo, saludarle y darle las gracias ayuda al sacerdote pero más le ayuda a tu hijo si te ve hacerlo.
El representante de vecinos, de padres y voluntarios: Gestionar mejoras para la colonia o para la escuela, organizar la limpieza del parque o velar por la seguridad de la comunidad exige sacrificar tiempo familiar. Inculcar el reconocimiento a estos líderes comunitarios promueve en los niños el sentido del bien común y el espíritu de servicio.

 

Enseñar a agradecer el trabajo voluntario despierta en el corazón infantil el deseo de servir también a los demás, haciéndoles comprender las palabras: Hay más alegría en dar que en recibir

 

Termino con una  pequeña historia.

Paco tenía nueve años y una habilidad natural para pasar por alto los detalles. Corría hacia la escuela sin mirar a quien le abría la puerta, subía al carro pegado a la pantalla del teléfono de su mamá y salía de la clase de catecismo corriendo a jugar sin despedirse.

Un viernes por la tarde, su papá, Carlos, al recogerlo en la escuela saludo la maestra Carmen, su maestra,de cabello cano y sonrisa serena, terminaba de ordenar las bancas y guardar los materiales de la clase de historia.

Papá, ya vámonos, el entrenamiento de fútbol empieza en media hora, dijo Paco, tirando del brazo de su padre.

Carlos se detuvo, miró a la maestra Carmen y luego observó a su hijo; se agachó a la altura del niño y le dijo suavemente: Paco, mira a la maestra Carmen¿Sabes qué hizo antes de que tú llegaras hoy?

El niño se encogió de hombros.

Carlos le dijo a Paco: Preparó la clase, las hojas de dibujo, los materiales, acomodó las bancas, estuvo puntual, y durante la mañana estuvo enseñándote a ti y a tus compañeros el valor de nuestra historia. Y sabes un secreto… lo hace porque quiere que aprendas mucho para que te vaya bien cuando seas grande.

Paco miró a la maestra, que en ese momento guardaba las tijeras en una caja de cartón.

Su papá le dijo: Imagina que cada acto de servicio que alguien hace por ti es un hilo invisible de color dorado. La maestra que te enseña, el señor que maneja el camión para que lleguemos seguros, la persona que limpia el parque donde juegas.

Si no les decimos «Gracias», esos hilos se vuelven invisibles, pero cuando decimos «Gracias», el hilo brilla y nos conecta con ellos, como una gran cadena de alegría.

Esa tarde, Paco caminó despacio hacia la maestra Carmen.

Maestra Carmen, dijo el niño, mirando de frente a la maestra: Muchas gracias por enseñarnos hoy y por preparar la clase para nosotros.

La maestra Carmen se detuvo, sus ojos se iluminaron y una sonrisa profunda transformó su rostro cansado.

Gracias a ti Paco. Que Dios te bendiga a ti y a tu familia, respondió con voz cálida.

Al salir, Paco miró a su papá y le dijo con entusiasmo:¡Papá, vi el hilo dorado!

A partir de ese día, el mundo de Paco cambió. En el camión de regreso, esperó a que su mamá pagara el pasaje para decir con voz clara: “Gracias, señor chofer”. En el supermercado, ayudó a acomodar los productos en la banda y sonrió a la cajera. Espero a los señores de la basura para agradecerles y darles un dulce.

Carlos y su esposa comprendieron que no le habían enseñado a su hijo una simple regla de educación, sino que le habían regalado una nueva forma de mirar el mundo: Una mirada donde cada persona cuenta y cada gesto de amor merece ser reconocido.

 

Por cierto, felicidades a los que son o los que en algún momento fuimos catequistas. Gracias y felicidades.

 

Y a ti, gracias por leerme.

 

Nos vemos en la siguiente entrega, y si crees que le pueda ser de utilidad a alguien ayúdanos a compartir

 

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