Especial
Por Andrés Ortiz
Irapuato, Gto., 02 de junio del 2025. –
La escena se repite cada día en los cruceros de Irapuato: niños con manos extendidas, ofreciendo dulces, pidiendo monedas o simplemente alimento. Detrás de cada niño o niña que se para frente al parabrisas, hay una realidad más cruda: “Siempre que hay una niña o un niño en un crucero, siempre está el papá o la mamá atrás”, sentencia Liliana Torrero García, directora general del DIF Irapuato.
Con esa premisa y una urgencia silenciosa, el DIF impulsa la campaña “Mis sueños no están en un crucero”, un programa de atención permanente que busca proteger a las infancias del uso sistemático y muchas veces intencional de su imagen para la captación de dinero. Lo que a simple vista podría parecer un acto espontáneo o de necesidad individual, en realidad es parte de una dinámica que beneficia, principalmente, a terceros.
De acuerdo con Torrero, los recorridos de inspección son diarios y se concentran en cruceros autorizados del municipio. Pero la estrategia no se limita a la periferia: también en el primer cuadro de la ciudad —la zona centro— se han identificado menores utilizados de la misma forma, lo que ha requerido una coordinación directa con las autoridades del Centro Histórico para canalizar los casos hacia el DIF.
La presencia de niñas y niños en estos espacios no es casual ni exclusiva de contextos rurales. “Son de zona urbana, muy rara vez tenemos presencia de zona de comunidad”, explica la funcionaria. Sin embargo, los casos foráneos sí existen: “Son niños y niñas indígenas que vienen de Chiapas”, añade, refiriéndose a situaciones más complejas de movilidad forzada y vulnerabilidad cultural.
El problema se extiende también a zonas comerciales y de entretenimiento nocturno. En bares, antros y restaurantes donde hay presencia adulta y venta de alcohol, menores han sido vistos vendiendo productos o pidiendo dinero. Las áreas de Fiscalización y Mercados del municipio participan activamente en estos operativos.
600 pesos al día y una falsa justificación
El trasfondo económico es contundente: entre 500 y 800 pesos diarios pueden llegar a captar estos menores, una cantidad que, en palabras de algunos padres, justifica su permanencia en las calles. “Tenemos casos de papás que dicen, ‘lo que tú me das no me alcanza, y yo con estar dos horas logró este dinero y sin hacer mucho trabajo’”, relata Torrero. Esa aparente eficiencia económica se convierte en un obstáculo para las intervenciones del DIF, incluso cuando se les ofrece canalización a empresas formales.
El sistema, sin embargo, mantiene una postura clara: actuar primero con cercanía. “Siempre comenzamos con un acercamiento suave, buscando fortalecer a la familia”, afirma la directora. Hay casos en que los tutores realmente necesitan apoyo, y lo aceptan: “Sí, yo sí quiero, sólo dime cómo”, han dicho algunos. Pero cuando esa voluntad no existe y la reincidencia persiste, se recurre a la Procuraduría Auxiliar de Niñas, Niños y Adolescentes.
Reportar es proteger
Conscientes de que el éxito del programa depende también de la participación ciudadana, el DIF ha habilitado un sistema de reporte mediante código QR, el cual permite a cualquier persona informar directamente sobre menores en situación de riesgo. La rapidez de este mecanismo ha permitido retirar a infancias de espacios que no les corresponden, sin necesidad de procedimientos complejos o engorrosos.
“Dependemos mucho de la ciudadanía, porque por cada peso que yo le dé a un niño, no tengo idea del índice de vulneración”, advierte Torrero. Lo que parece un gesto de bondad puede reforzar un ciclo de explotación y desprotección.
Hoy más que nunca, la campaña “Mis sueños no están en un crucero” busca algo más que retirar a niñas y niños de la vía pública: pretende devolverles su derecho a jugar, estudiar y crecer en un entorno digno. No basta con verlos; hay que decidir dejar de normalizarlos




