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martes, mayo 21, 2024
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El Patio de la escuela │Victoriano Huerta con botas de charol

Victoriano Huerta con botas de charol

Luis Felipe Pérez Sánchez

Fui Victoriano Huerta en unos honores a la bandera. Estoy consciente de que esto lo he contado antes pero he llegado a pensar que sacudió algo en mi interior, aunque en ese tiempo no me di cuenta. Sin abusar de esa tentación de la megalomanía o la autocompasión del que siente que le pasan las peores cosas, me asalta la cosquilla, la duda ésa de haber sido, entre tantos personajes involucrados, aquel que se recuerda por borracho y por traidor. Me pregunto si fue una anomalía, un improbable azar o un destino de esos de los que habla Freud. También reflexiono que si estuviéramos conscientes de lo fácil que puede ser quedar en la memoria de un alumno o alumna, y muy mal parado, no saldríamos de casa. Pero la vida es como es, tampoco es queja sino reflexión lo que cuento a tropezones aquí.

Se conmemoraba la Revolución Mexicana y unos días antes los papeles fueron repartidos. Al grupo de tercero le tocaba organizarlos. En la idea del profesor haríamos una prosopopeya de los personajes que salen en los cromos de cultura general. Se trataba, según recuerdo, de parecerse a algún héroe nacional, caracterizarse lo más que se pudiera y salir a recitar, micrófono en mano, las hazañas correspondientes. No lucía mal ese crisol en donde voces infantiles evocan la gesta y gritan entusiasmados los logros de nuestros caudillos. Dice Zizek que «el origen de la comedia debe buscarse precisamente en esa ceguera cruel, la incomprensión de la realidad trágica de una situación»  y pienso en el aspecto tragicómico de nuestros sufrimientos infantiles.

Como cuando quedé con la cara puesta y anhelante masticando la frustración por no ser parte de la escolta; o la ocasión en que me mandaron a bailar country en lugar de zarandear el cuerpo con los pasos del rock and roll como yo deseaba y me emputecí en secreto, la vez de los honores al lábaro para conmemorar el 20 de noviembre vi la selección del contingente con una suerte de ridículo terror a no ser escogido, sin saber que también podía ser el anuncio de una nueva escaramuza en la que saldría derrotado.

Hubiera sido mejor formar parte de esa leva a la que pusieron a bailar polkas y corridos al final de los honores como parte de un performance que replicaba un baile de adelitas y sombrerudos. Hacían como que bailaban al ritmo de Jesusita en Chihuahua y gritaban Viva México y hurras al son que les pusieran, provocando la réplica del contingente infantil que los veía desde las filas. No habría resultado tan trascendente eso de vestir de manta en el anonimato, ponerse bigotes falsos y agarrar a alguna de las adelitas hospitalariamente para dar vueltas por el patio de la escuela mientras se escuchaban los chirrines que conmemoraban el triunfo de la bola sobre los catrines, según el orden del día del lunes por la mañana. Probablemente me hubiera convenido luchar por un espacio entre los alumnos que no participaron en los honores; de grupos de cincuenta siempre había algunos y algunas que se quedaban para hacer fila y pasar inéditos en los eventos estelares de la existencia en la primaria. Debí quedarme ahí a lo mejor. Hubiera sido más fácil si no me hubiera convencido de que debía estar en los honores.

Pero no. Mi mirada cursi debe haber mostrado la ilusión por formar parte de los que participan y usan el micrófono el día de los honores aunque no se entendiera nada a la hora de decir lo de uno porque el sonido era de bocinas de campaña electoral. Y menos receloso que en estos tiempos en los que me voy al baño cuando eligen o me escondo para no participar en las dinámicas de las fiestas o los Consejos Técnicos para maestros, sé, que muy nalga pronta, he debido de haber hecho gestos o refunfuños para que el maestro que elegía me viera los ardorosos deseos por participar en ese retablo cívico en los honores a la bandera. Luego de estas experiencias está justificado cuánto aborrezco los karaokes o las fiestas de disfraces, o participar como conejillo de indias en el show de algún mago de fiesta infantil. Solo que en ese tiempo, ya se ve, yo no lo sabía.

El asunto es que el maestro Chino eligió a su contingente protagonista. Pancho, Josué, Uriel, Rodolfo, Fausto, Héctor y alguno otro. Por ahí debe de haber unas fotos del día crucial porque a mi padre le daba por aparecer en la escuela y someternos a flashazos a todos, daba igual lo ridículo que nos parecería aparecer en fotos en el futuro. Pienso que esas fotos me dan la oportunidad de reírme de mí y recordar la creatividad con la que nos empeñamos en cumplir con las encomiendas de los profesores acordadas para el día de los actos matinales.

En mi memoria aparecen un Carranza que se pegó medio kilo de algodón en la barba, empolvada con talco la cabeza, vistió algún traje de su padre, gris, para parecer al constitucionalista; veo en este retablo a un morenazo con la cara lamparosa que recortó cartulinas negras y le puso carrilleras con balas de papel dorado con tal de hacerse un gemelo infantil del Atila del sur; había un gordo bonachón que parecía más a José Elías Moreno que a un Villa, centauro del norte, al que le habían puesto un bigote hecho con un pedazo de hoja de cuaderno coloreado con colores de la brujita; la escena la pueblan, además, un Pino Suárez pelirrojo al que su tía le cortó un poco de cabello para ponerle bigote decimonónico que decía sus líneas como masticando el pelo puesto encima de la boca y un lánguido muchachillo, serio siempre, anticipadamente calvo o de frente ancha, que la hizo de Madero.

A esos dos últimos los debía traicionar. Decía mi partitura de memoria aludiendo a mi formación militar, mi fama de sagaz estratega, de mariscal sobresaliente para luego confesar que había dado el golpe al apóstol de la democracia y a su vicepresidente Pino Suárez. Ni Madame Blavatsky había salvado a Madero de mis garras traicioneras y golpistas. Le atribuía mi traición a mi beodez, a mi ludopatía o a las presiones yanquis qué sé yo. El asunto es que con una media en la cabeza para aparentar calvicie, talco, un poco, para las canas, un bigote chocomilero que pintó mi madre con su delineador más caro, tartamudeaba mis líneas. Las decía un poco robotizado porque el uniforme estaba frágilmente sostenido por una costura improvisada de golpes en los hombros, un cordón al lado izquierdo y unas medallas que habíamos sacado del joyero de la abuela. Decía mi biografía entre perplejo y preocupado porque las botas que me puse eran unas de charol como de Darth Vader, propiedad de mi madre, y que a mí me nadaban en los pies. Veía mal a los compañeros en el patio de la escuela a la hora de exponerme como un traidor a la Patria porque los lentes redondos y pequeños que utilizaba eran unos que mi padre había comprado para parecerse a John Lennon y estaban rayados. La gorra militar era la de mi abuelo, de cuando dio el servicio militar en sabrá qué año. En mi disfraz habían colaborado mi madre, mi padre y un amigo de mis padres, Raúl Zárate, un pintor. Dice Zizek «el origen de la comedia debe buscarse precisamente en esa ceguera cruel, la incomprensión de la realidad trágica de una situación». Y ahí estaba yo, firmando un destino o experimentando la justicia de la historia sobre mí siendo Victoriano Huerta en unos honores a la bandera para conmemorar la Revolución Mexicana en un patio de recreo. Nacía, sin saber, a uno más de mis desencantos con la elegancia del mejor disfraz de la escuela aquella mañana.

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